“Fe es dar el primer paso, incluso cuando no ves toda la escalera”
“Al final, no recordamos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos”.
“Cuando nos fijamos en el hombre moderno, tenemos que enfrentar el hecho de que el hombre moderno sufre de un tipo de pobreza del espíritu, que se encuentra en marcado contraste con su abundancia científica y tecnológica.”
“Devolver odio por odio multiplica el odio, añade una oscuridad más profunda a una noche ya desprovista de estrellas. La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad: sólo la luz puede hacer eso. El odio no puede expulsar al odio: sólo el amor puede hacer eso.”
“El amor es el poder más duradero del mundo. Esta fuerza creativa, es el instrumento más potente disponible en la búsqueda de la humanidad por la paz y la seguridad.”
“El negro vive en una isla solitaria de pobreza, en medio de un inmenso océano de prosperidad material”.
“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.”
“La mejor manera de solucionar cualquier problema es eliminar su causa"
“La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve.”
“La violencia no es el remedio, tenemos que hacer frente al odio con el amor.”
“El brazo del universo moral es largo, pero se dobla hacia la justicia.”
“La injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia de cualquiera.”
“La no-violencia no es pasividad estéril, sino una poderosa fuerza moral que se hace para la transformación social”
“La primera pregunta que hizo el sacerdote y el levita fue: “Si me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué me va a pasar a mí?” Pero … el buen samaritano invirtió la pregunta: “Si no me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué pasará con él?”
El autor vive una epidemia en Etiopía que se ceba con los niños más vulnerables ante un silencio internacional que le da más miedo que la propia enfermedad.
Una más. No hay duda. La veo entrar por la puerta sostenida por su madre, con los ojos cerrados cubiertos por una secreción amarillenta y una tos que huye de su boca. Me acerco, con su permiso levanto con delicadeza la camiseta buscando un exantema por su tronco, acerco mi mano a su piel para poder palparlo y poder sentir cómo arde su cuerpo.
Fiebre, conjuntivitis, tos y exantema. No necesitamos nada más para confirmar que se trata de un caso más de sarampión. Ella es Frehiwot. Es la duodécima niña que aparece con los mismos síntomas desde que hemos empezado el día y no son más que las once de la mañana. Ayer más de veinte niños con estos síntomas. Cifras que se mantienen así desde las últimas semanas.
El hospital rural de Gambo en el que nos encontramos, situado al sur del país, en la región de la Oromía; se encuentra colapsado y desbordado. Ha aumentado más del doble la atención en urgencias, y los niños ingresados más del triple, lo que nos obliga a ingresar a dos niños por cama y en algunos casos hasta triplicarlas e improvisar camillas en los pasillos, por llamarlo de alguna manera. Nuestra capacidad de ingreso es de 45 niños y estamos teniendo más de 120 niños ingresados.
No obstante, en medio de la oscuridad hay una luz que brilla, y es la del compromiso del personal sanitario con el que aprendo cada día y al que admiro, transmitiendo calma y serenidad y sensación de control. Quiero aprovechar estas líneas para dedicarles mi aplauso y sincero reconocimiento a la gran labor que están realizando. Son los héroes invisibles e infra valorados de esta epidemia silenciada.
Hemos reorganizado el hospital para adaptarnos a este aumento de casos de sarampión. En un pabellón las niñas y niños con complicaciones respiratorias, la gran mayoría neumonía junto al suministro de cilindros de oxígeno que necesitan. En aquellos que presentan complicaciones como deshidratación y requieren sueros endovenosos. Y en otro los casos más graves que requieren cuidados intensivos de personal médico y enfermería. Como el de Meseret.
Meseret se encuentra postrada en la cama, conectada a través de un tubo a un cilindro de oxígeno que le suministra el gas de la vida a través de unas cánulas por los orificios nasales. La pequeña inspira profundamente movilizando todos los músculos de su cuerpo como si cada respiración fuese la última. Cada inspiración profunda es una batalla ganada, un aliento de aire que se convierte en energía para la siguiente inspiración. La batalla no para. La muerte acecha robando el aire, cerrando las vías respiratorias.
El aire preciado, el aire que da vida, el oro en forma gaseosa, el oxígeno; es un recurso escaso en los hospitales rurales como Gambo. Me gustaría poder ofrecer a Meseret todo el soporte respiratorio que necesita. Pero todo cuanto tenemos son escasos cilindros de oxígeno y no disponemos de ningún respirador.La joven Meseret ingresó hace cuatro días con un sarampión grave complicado con afectación respiratoria. Lucha contra la muerte en cada respiración encontrándose cada vez más extenuada en un partido sin descanso ni tiempo muerto. En cada respiración se le dibujan las costillas clavándose en el pecho, signo del esfuerzo al límite de los músculos para abrir todo lo posible la caja torácica y poder expandir al máximo los pulmones exprimiendo al máximo cada bocanada de aire. Exprime sus pulmones tatuando el reborde de cada costilla en su negra piel. Uno, dos, uno, dos, uno, dos… Los músculos intercostales, subcostales se están extenuando. Con todas sus fuerzas extiende el cuello hacia el infinito, intentando inhalar la mayor cantidad de oxígeno posible, exprimiendo el horizonte. Pero de poco sirve.
Ahora mismo hay diecisiete niños que requieren oxigenoterapia pero no disponemos de diecisiete cilindros, situación que nos obliga a optimizar los recursos. Ante esta situación, no nos queda más remedio que calcular todos los que necesitan oxígeno y priorizar entre los que están más graves y tienen posibilidad de supervivencia. Una de ellas es Biftu, que sigue luchando por conseguir aire exprimiendo sus músculos y pulmones en cada respiración.
Es una situación muy dramática, es una emergencia humanitaria de la que nadie habla.
Debemos priorizar a los niños y adultos que más lo necesitan. En cuanto mejoran los retiramos para beneficio de los que han empeorado. Estamos sufriendo una epidemia silenciosa, que no aparece en los medios de comunicación.
Y quiero invitaros a parar. A levantar la mirada de nuestras cuatro paredes y alzar la mirada más allá de nuestro ombligo. Porque mientras tanto, la vida sigue, empieza y acaba en otros lugares, como en Etiopía, donde niñas como Meseret o Biftu luchan por respirar, por culpa de un virus llamado sarampión que se podría haber evitado con una vacuna, y tratado de manera óptima si se disponen de suficientes recursos sanitarios y oxígeno.
No estamos ante una enfermedad desconocida que no sabemos evitar, ni con una elevada mortalidad entre personas mayores. Nos encontramos ante una enfermedad bien conocida, que afecta principalmente a niñas y niños, y para la que existe una prevención en forma de vacuna muy eficaz. Estamos ante la epidemia silenciada de sarampión.
Desnutrición, neumonía, deshidratación, de sarampión, de tuberculosis, malaria, VIH… siguen siendo los asesinos de las niñas y niños menores de 5 años en las zonas rurales de Etiopía y de muchos otros países del continente olvidado y silenciado.
A todo ello, la pandemia empieza a acechar Etiopía donde los casos confirmados empiezan a aumentar y se están desarrollando medidas de contención para evitar una tragedia en un país donde más de dos tercios de la población no tiene acceso a agua potable. Pero esto es otra historia que será contada en otra ocasión…
Iñaki Alegría es pediatra, coordina programa de salud materno-infantil en el Hospital de Gambo, Etiopía. Fuente: Planeta Futuro.
Un par de entrevistas muy interesantes a personas con VIH y qué significa para ell@s.
“Vivir con VIH hoy en día me supone poca cosa, porque se me ha olvidado que lo tengo. Sólo lo pienso si viene alguien a recordármelo. Me tomo una pastilla cada día a la misma hora, pero se ha vuelto algo mecánico”, explica Ander Pazos. Hace ya diez años que este vecino de Barcelona supo que era seropositivo y, aunque al principio tuvo pensamientos como “ya sé de qué me voy a morir”, ahora confiesa que le causan risa: “Tengo claro que me moriré de viejo pero no sé si eso estará asociado al VIH o no”.
Destruyamos el miedo. Hablamos con dos personas con VIH. #DiaMundialDelSida
Volume 90%
Pazos es una de las 145.000 personas de España que viven con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), según los últimos datos que el ministerio de Sanidad publicó en 2017. Otro informe de hace justo un mes ha revelado que durante los primeros seis meses del año pasado se detectaron 3.381 nuevos diagnósticos, el 54,3% de los cuales se dieron en hombres que tienen sexo con otros hombres. A la espera de una cifra actualizada, Sanidad remarcó también que el 47,8% de los nuevos casos fueron diagnósticos tardíos; justo lo que organizaciones y autoridades quieren evitar, ya que un diagnóstico temprano ayuda a romper la cadena de transmisión y facilita la prevención.
Eso fue lo que le sucedió a Jon Barousse, un actor mexicano que lleva 9 años viviendo en Barcelona: “Empecé a sentirme mal físicamente, empecé a tener sudores por la noche, después me enteré que la infección tenía ya entre 5 y 7 años y, claro, yo nunca me había hecho una prueba. Cuando me lo detectaron, tenía las defensas muy bajas”. Barousse cuenta que durante años lo “ocultó” a su familia por miedo. “Imagina mi situación: yo aquí soy inmigrante, algunas personas nos llaman ‘sudacas’, maricón y con VIH. Un triple estigma”, explica el joven mexicano.
"Yo me enteré en 1987. Estaba embarazada de tres meses. Me dijeron 'tienes sida, te vas a morir, tienes que abortar'. Y aborté. No quería pero tenía mucho miedo".
Para Pazos, que trabaja en la ONG Gais Positius, lidiar con los prejuicios de los demás también fue lo más difícil: “Sólo se responsabiliza al que tiene VIH y, en el sexo, la responsabilidad es compartida. Si yo me infecté es porque los dos hicimos algo, y al hablar de VIH no hay ni culpables ni inocentes”.
Las mujeres, el rostro invisible del VIH
Ahora, gracias a la efectiva medicación, una persona seropositiva con la carga viral indetectable no transmite el virus, tal y como han confirmado los estudios internacionales Partner-1 y Partner-2 realizado en parejas serodiscordantes. Sin embargo, este hito parecía algo impensable hace 30 años cuando a María Nadal y a Dominique Cubells les dieron la noticia de que eran VIH positivas.
“Yo me enteré en 1987. Por aquel entonces tenía 27 años. Estaba embarazada de tres meses, de mi segundo hijo, y fue duro porque una visita al médico me cambió la vida. Me dijeron ‘tienes sida, te vas a morir, tienes seis meses de vida, tienes que abortar’. Y tuve que abortar. Yo no quería, pero tenía mucho miedo”, recuerda Nadal que recibió el diagnóstico en una época en la que tener sida significaba una sentencia de muerte.
El mismo año en el que descubrió su estado serológico, se aprobó el uso de la AZT para personas con VIH, un fármaco con unos efectos secundarios corrosivos y a menudo mortales. Dominique Cubells llegó a tomar este fármaco: “Todos los ensayos clínicos se hacían con hombres y nos daban a misma medicación que a ellos, con lo cual, los efectos secundarios en nosotras eran el doble”, recala Nadal.
Supervivientes de una epidemia mundial
“El mensaje que se dio en los medios de comunicación es que el sida era una enfermedad de putas, yonquis y maricones; y ese mensaje [a las mujeres] nos hizo mucho daño. Ya no es así, pero tampoco se ha desmentido”, incide Dominique, que rememora como los centros sanitarios marcaban con un círculo rojo los partes médicos de las personas con VIH.
Nadal apunta que cuando empezaron a conocerse casos de VIH en mujeres, en seguida saltó el discurso religioso a decir “que eso era un castigo de Dios para las mujeres malas”. “En plenos 80 si tenías VIH era o porque has sido puta”, matiza Nadal, “o toxicómana”, remata Cubells. La catalana relata una vez en la que fue a hacerse una prueba: “La enfermera que trabaja allí me dijo ‘estás divina, con lo guapa que eres, ¿te pinchabas?’. Me sentí tan vulnerable con medio cuerpo desnudo… Me hubiera gustado haberle dicho ‘¿a ti qué coño te importa?’”.
"Que no me digan que estamos igual que una persona que acaba de recibir el diagnóstico o que no tiene VIH. Vivimos con el virus desde hace 30 años, llevamos años medicándonos y trabajando como si nada. No es lo mismo. Somo unas supervivientes.
“Hay muchas mujeres que no hemos sido madres porque cuando te daban el diagnóstico te decían que no podías tener hijos. Había mujeres a las que se las vaciaba para que no fueran madres”, relata Cubells, que ahora tiene 53 años. Nadal recuerda con pena que tuvo que esconderse y dejar de ser visible durante unos años para evitar que su hija pequeña “no sufriera discriminación”.
Mirando el tiempo que ha pasado, Cubells tiene claro en qué punto se encuentran: “A mí que no me digan que estamos igual que una persona que acaba de recibir el diagnóstico o que no tiene VIH. Somos mujeres que hemos sido diagnosticadas hace tres décadas, hemos tomado medicación muchos años con efectos físicos y psicológicos, hemos seguido trabajando como si no pasara nada. ¿Cómo vamos a estar igual con toda esta carga? No es lo mismo. Somos unas supervivientes”.
Tuitear que tienes VIH
La forma en la que nos comunicamos actualmente también posibilita otras formas de ser visible. Francisco J. Jiménez tiene 26 años, reside actualmente en Móstoles (Madrid) y desde hace un año y medio es seropositivo. A través de una conversación telefónica, reconoce que al principio lo pasó mal “porque no tienes ni idea de nada y apenas hay información”.
Jiménez es muy activo en Twitter, donde comparte su historia con el VIH. ¿Por qué ha decidido hacerlo y exponerse, a veces, a troles y mensajes de odio? “Mi manera de superarlo ha sido visibilizarlo y explicarle a la gente todos esos miedos y preguntas que yo tenía cuando me lo diagnosticaron. Quiero poder ayudar y dar respuestas por si en un futuro le pasa a alguien que me lea”, responde este gaditano.
"La ciencia ha comprobado que no puedo transmitir el virus. Si alguien sigue pensando que es un castigo de Dios y no me acepta, entonces el problema lo tiene esa persona, no yo".
“Hay mucho estigma y miedo. Me molesta mucho la pregunta ‘¿tú cómo te contagiaste?’ porque es totalmente morbosa. Con ella no me vas a ayudar en nada. Simplemente demuestras que es un chisme para ti. La hacen de forma natural, sin ninguna maldad, como si fuera algo automático”, explica Jiménez, que cuenta cómo también ha sufrido serofobia dentro de su propia familia.
“Vivir con VIH no es un problema”
Para Barousse, frente al miedo y a los juicios de los demás, la única vía posible para continuar fue trabajar con uno mismo para aceptarse: “Antes de saber que tenía VIH, llegué a rechazar a personas que tenían VIH. Cuando te encuentras en esa situación, quitarte la idea que tenías de la mente es una lucha contigo”.
Sin embargo, algo que le ayudó a cambiar la visión que tenía del virus era saber que era indetectable. “Cuando supe que ya no podía transmitirlo todas mis paranoias se fueron. Si yo le doy a alguien argumentos científicos que han comprobado que yo no puedo transmitirlo, pero sigue pensando que Dios me ha castigado y no me acepta, entonces el problema lo tiene esa persona, no yo”, afirma.
"A alguien que acaba de conocer que es VIH positivo le diría que yo sigo aquí. Que se puede".
Ander Pazos subraya, en cambio, que espera que el discurso científico no nos haga olvidar la parte social y emocional que hay detrás del VIH. “Me preocupa que todo se centre en la medicación, porque ser seropositivo para muchas personas conlleva contratiempos psicológicos, como preguntarse si tendrán pareja, quién les querrá ahora, si se quedarán solos o si podrán tener hijos”, puntualiza el trabajador de Gais Positius.
“Para mí vivir con VIH no es ningún problema y ha sido un aprendizaje que doy por bueno”, remata Pazos. Sin embargo, Barousse matiza: “A mí el VIH me afecta a la hora de viajar porque hay países a los que no puedo entrar por ser seropositivo y a la hora de conseguir otros trabajos. Me siento anclado a esta ciudad donde todo funciona muy bien a nivel de sanidad, pero siento que no soy libre. Dependo totalmente de tomarme una pastilla durante todos los días del resto de mi vida”.
“A alguien que ha sido diagnosticado de VIH recientemente le diría que yo sigo aquí. Lo que más paz me ha dado es ver a un igual, a alguien que me dijera ‘yo también lo tengo’. Se puede”, sonríe Cubells. María Nadal también lanza un mensaje esperanzador: “Que no tenga pánico. Hoy en día no te mueres por tener VIH. Que busque ayuda en asociaciones y que se informe porque la información te quita muchos miedos”
En Ucrania, el 35% de las mujeres que viven con el VIH han sufrido violencia desde la edad de 15 años. Muchas mujeres no pueden decir definitivamente que han sufrido violencia, porque han sufrido y han sido testigos de violencia de género a través de generaciones y se ha normalizado. Para las mujeres que viven con el VIH, la falta de conciencia, los refugios y los servicios de apoyo plantean desafíos adicionales. Los grupos de apoyo entre pares y el Foro Nacional de Mujeres sobre el VIH, apoyado por ONU Mujeres, están generando conciencia, acción y nuevos comienzos para las mujeres VIH positivas sobrevivientes de violencia.
Hanna Lilina se enteró de su estado de VIH durante un chequeo prenatal. En Ucrania, casi la mitad de las mujeres que viven con el VIH en edad reproductiva aprenden sobre su estado durante o debido a su embarazo. Foto: ONU Mujeres / Volodymyr Shuvayev
Hanna Lilina se enteró de su estado de VIH durante un chequeo prenatal. La joven de 30 años estaba embarazada otra vez, acababa de dejar a su pareja abusiva y huyó del conflicto en el este de Ucrania, con su hija de un año.
En Ucrania, el 35 por ciento de las mujeres que viven con el VIH han sufrido violencia desde la edad de 15 años (en comparación con el 19 por ciento de las mujeres que no son VIH positivas), según un estudio de 2016 realizado por una organización local llamada "Mujeres positivas", Con el apoyo de ONU Mujeres. Al igual que Lilina, casi una cuarta parte de las 1,000 mujeres encuestadas no pudieron decir definitivamente si han experimentado violencia en sus vidas, aunque las experiencias que compartieron fueron decididamente violentas.
“No sabía cómo identificar la violencia. Después de haberlo experimentado desde la infancia, ni siquiera pensé en luchar contra él ".
En Kiev, la capital de Ucrania, donde Lilina se reasentó, se unió a un grupo de apoyo de pares para mujeres que viven con el VIH, "Kyyanka +". El grupo brinda capacitación educativa y de concientización donde las mujeres aprenden cómo funciona la terapia antirretroviral, cómo enfrentar el diagnóstico y cómo vivir con su estado VIH positivo, y cómo divulgarlo mejor a los demás.
"Supervisamos para asegurarnos de que nuestra asistencia no solo mejore la salud de las mujeres, sino que también mejore la calidad de su vida", dice Anna Aryabinska, una mentora del grupo de apoyo de pares, que también vive con el VIH. Antes de unirse al grupo, era muy escéptica, lo cual es típico entre las mujeres que viven con el VIH debido al estigma y el aislamiento que a menudo experimentan e internalizan.
Anna Aryabinska. ”Foto: ONU Mujeres / Volodymyr Shuvayev
El grupo de apoyo ha tenido éxito en ayudar a los miembros a salir de situaciones abusivas, pero a menudo es un proceso largo. Algunos miembros que han optado por mantener en privado su estado serológico respecto al VIH pueden temer abandonar a su abusador por temor a la divulgación, un temor que el abusador a menudo usa como palanca para evitar que se vayan. “Es más difícil trabajar con mujeres que continúan experimentando violencia. "Se convierte en un círculo vicioso en el que nosotros le damos energía positiva a una mujer, pero si aún vive con su agresor, se va a casa y todo este trabajo se deshace por el abuso psicológico y físico que experimenta", continúa Aryabinska.
“Los sobrevivientes tienen el poder de romper el ciclo de violencia y ayudar a otros”
La falta de acceso a refugios y servicios adecuados es otro desafío para las mujeres sobrevivientes de violencia. "Nos preocupa la falta de albergues seguros y accesibles porque muchos albergues no aceptan mujeres seropositivas", dice Maryna Rudenko, gerente del programa “CEDAW en acción! De ONU Mujeres” financiada por Canadá que se enfoca en la implementación de CEDAW: Acuerdo internacional sobre los derechos de la mujer que el Gobierno de Ucrania ha ratificado. "Pocos sobrevivientes utilizan los escasos servicios disponibles, por lo que ONU Mujeres apoya los programas para crear conciencia sobre la violencia de género, alentar a los sobrevivientes a informar y buscar ayuda, así como a crear confianza con la policía local y los proveedores de servicios", agrega Rudenko.
No dejes a nadie atrás ...
Zhanna Matveyko. Foto: ONU Mujeres / Volodymyr Shuvayev
"Enseño a mis clientes a valorarse a sí mismos, a su salud emocional y a que la honestidad, la comunicación abierta y la aceptación puedan actuar como un contrapeso a la violencia que han experimentado en sus vidas", dice Zhanna Matveyko.
Zhanna Matveyko, una de las trabajadoras sociales con otro grupo de apoyo llamado "Igual a Igual" en Lviv, Ucrania occidental, también ha experimentado la falta de refugios seguros. Matyevko creció viendo a su padre golpear a su madre, quien a su vez la maltrató físicamente. A los quince años, dejó su hogar y se involucró con las drogas y el trabajo sexual, lo que la llevó a la cárcel. Hoy en día, trabaja como trabajadora social con mujeres jóvenes y hombres que tienen VIH, y también con personas que superan la adicción a las drogas.
Las tres mujeres forman parte del Foro Nacional de Mujeres sobre el VIH, que reúne a mujeres de Ucrania y de otros países de Europa y Asia Central, con el apoyo de ONU Mujeres y otros socios, para abogar por garantizar la participación de las mujeres en el SIDA local. consejos reforzar las medidas de prevención entre mujeres y niñas; y proporcionar asesoramiento y pruebas del VIH como parte integral de la respuesta a la violencia de género.
Cerca de la medianoche, en una calle oscura vecina al centro histórico de Lima, Micky (identificado así porque prefirió el anonimato) comienza a hablarle a los parroquianos que circulan por este lugar buscando algo inseguro: sexo al paso, rápido y barato. La luz es débil, la inseguridad campante, y la presencia de prostitución callejera hace del sitio un nudo de problemas que las autoridades no logran controlar.
Pero Micky persiste y, por fin, logra abordar a un par de muchachos que, dubitativos, se acercan a la ambulancia que la ONG AIDs Healthcare Foundation (AHF) ha plantado este viernes para hacer pruebas de VIH en la calle, a quienes lo desean… "Mira, el VIH es un virus que solo se transmite por cinco vías: el líquido preseminal, el semen, el fluido vaginal, la sangre y la leche materna", les dice en un tono que denota convicción y claridad.
Los dos jóvenes terminan de convencerse y se sientan en una mesa puesta en la vía pública por AHF, donde les pinchan los dedos y les extraen sangre para analizarla. Micky ahora se dirige a dos chicas transgénero que observan esa suerte de laboratorio ambulante. “Me siento útil haciendo esto y la medicina ha avanzado mucho en los últimos años”, comenta.
Emigrar o morir
Buena parte de su fuerza y persistencia en esta tarea provienen de su propia condición: él también es portador del VIH. A la vez, es venezolano. Llegó a Lima en febrero del 2018 en autobús, tras un viaje de seis días en los que hizo escala en Colombia y Ecuador. Inicialmente había pensado en ir a Argentina para tratarse, por recomendación del médico que lo veía, pero no pudo ser. "Por esos días el dólar se disparó y ya no fue posible ir allá", explica.
Lo diagnosticaron en diciembre del 2017, en Caracas. Meses atrás, en agosto, se comenzó a sentir mal, cansado, se le hincharon las piernas, le salieron herpes en el pie derecho y le subieron hasta la cadera. “Me practicaron exámenes pensando que eran varices, hasta que finalmente me hicieron la prueba de Elisa y dio positivo”, recuerda. No era su crónico problema de falta de inmunoglobulina. Era el maldito virus.
Habitualmente, le mandaba los resultados de sus pruebas por correo, pero en esta ocasión lo citó personalmente para conversar. “La reunión fue como a las cinco de la tarde, en su consultorio, y fue muy fuerte. Yo no me lo esperaba. Pensé que era la mala alimentación, por la escasez que ya se vivía en el país, que me hacía consumir menos. Vivía solo en Caracas, a pesar de que yo era del estado de Guárico", rememora.Entonces, él trabajaba como asistente administrativo en una empresa de alimentos, y en seguridad industrial, por lo que ganaba razonablemente y se atendía en una clínica, algo que muchos venezolanos no pueden hacer. Además, lo trataba desde chico un médico, que fue él mismo que le recomendó que se hiciera la prueba para detectar si tenía el VIH.
Luego le pidieron otro examen: el de CD-4, que revela la cantidad de linfocitos T con los que cuenta una persona para defenderse. Su costo era en dólares porque los reactivos los traían de afuera. “El bolívar está acá abajo y el dólar está acá arriba”, dice hablando con la voz y con las manos, para explicar lo difícil que era conseguir la moneda norteamericana en su golpeado país. Al fin, su hermano le envió 300 dólares desde Colombia, con lo que pudo hacerse la prueba y comer por unos días.
Sus CD-4 estaban en 100, una cifra bajísima, mientras la carga del VIH era alta. “Me asusté. Ya tenía que hacer magia para salir a trabajar y poder comer. Y ahora debería combatir esto. Sentí mucha impotencia, me puse a llorar, no sabía qué hacer”. Para ayudarlo, su médico le consiguió una caja de retrovirales. Solo que no iba a ser suficiente, pues también debía tratarse del mal que tenía extendido en las piernas.
El VIH había agravado ese cuadro y ya estaba entrando en la fase del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida), la etapa final de la enfermedad, en la que las defensas del cuerpo no pueden contrarrestar el ataque de otros virus oportunistas. Le ofrecieron contactarlo con una ONG en Argentina, o en otros países, y lo agregaron a un grupo de WhatsApp de pacientes seropositivos. Al poco tiempo, el médico lo volvió a citar y le dijo, casi sin anestesia: "Ya en tu estado tienes que salir del país. Si te quedas aquí, tienes una sentencia de muerte".
Huyendo del virus
Iniciativa para que las personas se hagan pruebas de detección del VIH en las calles de Lima.NATALIA TAMARIZ
Micky es uno de los más de 600.000 venezolanos que han llegado a Perú en busca de una vida mínimamente decente. AHF ha registrado a más de 400 que son portadores del VIH, de un total de 1.100 que ya estarían en este país atendiéndose en los hospitales públicos, donde el acceso a los retrovirales es gratuito desde el 2004.
Según el doctor José Luis Sebastián, director de la institución para la Región Andina, en Venezuela habría 80.000 personas diagnosticadas con el virus, de las cuales actualmente solo 10.000 estarían tratándose. Así se reportó el año pasado, en una reunión de la Organización Panamericana de la Salud. Los demás, por falta de tratamiento, corren el riesgo de llegar al sida, la fase final y más terrible de la enfermedad.
Hay otras señales alarmantes. A principios de diciembre pasado, durante el Día Mundial de Lucha contra el Sida, las ONG Acción Solidaria y Red de Gente Positiva denunciaron que la escasez de retrovirales en Venezuela llegaba al 95%. El Gobierno simplemente ya no los estaba comprando. Así, la gestión de la salud pública, en la que también faltan los reactivos para las pruebas, alienta la huida de pacientes a otros lares.
Tan grave es la situación que, en Cúcuta, la ciudad fronteriza a la cual llegan los miles de venezolanos que salen desesperados de la tragedia económica, AHF ha puesto un centro de atención. En esa localidad ya se han detectado 168 casos de migrantes portadores de VIH que entraron en Colombia. Algunos en situación casi terminal.
“Recuerdo haber visto en Cúcuta a un joven que llegó del otro lado, es decir, de Venezuela. Estaba en un estado terrible de delgadez, quizás pesaba unos 50 kilos y se le veía letárgico (confuso). Era una imagen de persona en fase sida que yo no veía en el Perú desde los años noventa”, afirma el doctor Sebastián. La ecuación es inevitable: si una persona diagnosticada no toma retrovirales, el virus avanza, las defensas bajan, y enfermedades diversas —desde una diarrea a una tuberculosis— atacan sin piedad.
Carlos José Díaz, de 25 años, otro venezolano seropositivo que ha llegado a Perú, lleva siete años luchando contra el virus. En su patria, se trataba en el hospital de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. Pero hace dos años los retrovirales comenzaron a escasear. “La cosa se complicó, no llegaban los medicamentos. Fue entonces cuando decidí salir del país”, dice mientras sostiene en sus manos el lazo rojo que simboliza la lucha contra el sida. Tiene un semblante tranquilo y su voz es suave, delicada.
Ya no podía tomar las cuatro pastillas al día que necesitaba, de modo que emigró a Colombia un 5 de noviembre del 2016. Llegó a Medellín por tierra, con un amigo que también quería salir. Trató de ingresar al sistema de salud, pero le fue muy difícil, según su relato. Durante cinco meses tomó retrovirales que le mandaban desde Venezuela, por correo postal, aunque luego ya fue imposible. Al cabo de un año, decidió irse a otro lugar.
Antes regresó a Venezuela a visitar a su madre, cuando ya estaba afectado por la falta de retrovirales. Tenía vómitos y sufrió una crisis respiratoria. Así y todo, se fue por tierra a Bogotá, desde donde tomó un avión a Lima. Llegó en octubre del 2018 y acudió a AHF, donde le pusieron un vinculador, que lo guió por los procelosos pasillos de la salud pública peruana, que es algo más accesible. A la fecha, cuando ya vive en Perú, su trámite para ingresar al sistema de salud colombiano no ha finalizado.
La carrera de Alfredo
Alfredo tiene 27 años. Se le ve saludable y es alto, alegre, vigoroso. Tiene contextura fornida y viste con una polera roja y un pantalón vaquero. Exhibe cierto talante feliz y es conversador, locuaz incluso. No parece alguien arrinconado por virus alguno.
Llegó a Perú en junio de 2017, después de vivir 10 meses en Bogotá. Se enteró que era seropositivo una tarde aciaga de finales de 2015, a los pocos días de haber entrado a trabajar como ayudante de cocina en un restaurante de Valencia, su ciudad venezolana natal. El gerente del establecimiento lo llamó a un aparte...
—Ya no puedes seguir trabajando acá, le dijo.
—¿Por qué, si yo no tengo nada?, replicó.
—Sí, tienes el VIH.
Para aceptarle en la empresa, le hicieron varios exámenes médicos, entre ellos la prueba de Elisa. Los resultados no se los dieron a él, sino a la gerencia del restaurante. “Lloré, lloré muchísimo, pero luego me di cuenta de que no había necesidad de que me despidieran. Hasta me enteré de que era contra la ley no darme los resultados a mí. Podía denunciarlos”, declara. Pero era tarde lo echaron como si fuera un apestado.
Alfredo, venezolano que llegó al Perú para poder tratarse del VIH.NATALIA TAMARIZ
Hasta ahora se acuerda de la cara del gerente, que incluso deslizó la idea de que temía que se cortara y “cayera sangre en la comida que preparaba”. Tras el desolador episodio, se fue a su casa, donde vivía con su madre y sus hermanos, pero no les contó el problema. Por entonces, la economía del país ya se caía a pedazos y, por supuesto, pensó en irse. Inmediatamente, inició su trámite para tener un pasaporte, en un tiempo en que aún no era tan difícil conseguirlo. "Costaba unos tres sueldos mensuales", aclara.
Con la ayuda económica de un amigo, se hizo otra prueba más que confirmó el diagnóstico. Nunca se sintió mal, ni tuvo cuadros complicados. Pero cuando le informaron de que debía hacerse más pruebas ya no había cómo pagarlas. Le dijeron también una lista de seis retrovirales que debía tomar, pero de ellos, al menos cuatro comenzaban a escasear. Fue entonces que cobró fuerza en él la idea de emigrar.
Al fin, un día encontró en su casa el mensaje del Servicio de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), en el que le informaban de que su pasaporte estaba listo. “Cuando lo tuve en la mano lo primero que pensé fue cómo salir”, afirma. Pero antes tenía que juntar dinero. Apostó por una alternativa tristemente de moda: comprar alimentos en Cúcuta y venderlos luego en Venezuela. En octubre del 2016, cuando ya contaba con una cantidad respetable, partió otra vez hacia Colombia, pero ya no volvió.
No se lo dijo a nadie, salvo a uno de sus hermanos menores, de 16 años, que se echó a llorar. Recién después de estar dos semanas fuera, le escribió a su hermana desde Cúcuta. “Ya no voy a volver”, le dijo. Ella, sorprendida, apenada, le pidió que se cuidara. Tras unos días, partió a Bogotá, donde trabajó en varios empleos, entre ellos en un call center (centro de llamadas). Cinco meses más tarde, llegó a Perú.
“He visto casos de gente que se fue deteriorando paulatinamente. Yo el día que me enteré, lloré, pensé en mi familia, y de allí casi me olvidé, hasta el día que comencé el tratamiento”, añade. Ahora, como Micky, es un activista que persuade a potenciales portadores para que se hagan la prueba y, si tienen el virus, luchen contra el mal. Y acaso para que mantengan el ánimo contra toda tempestad viral y existencial.Dos años y medio después de haber sido diagnosticado, en febrero del 2018 y ya en Lima, empezó a tomar medicamentos contra el VIH. “Yo nunca desarrollé síntomas y hasta engordé. Incluso imaginé que no tenía el virus. Me dije que no tenía nada y que tenía que salir de Venezuela. Como voluntario de AHF, aprendí lo importante que es la parte psicológica”, enfatiza. No hay en su rostro signo alguno de derrota.
Atajar al mal
Micky sigue haciendo su labor persuasiva, a calle abierta, mientras la noche avanza en este sector de Lima donde la ley es laxa, a pesar de que un patrullero da vueltas de rato en rato. Proliferan hostales modestísimos, sombríos, ad hocpara la clandestinidad. Frente a la ambulancia hay uno en el que entran un par de personas que (quizás, ojalá) podrían usar preservativo para evitar que el virus siga transitando.
Judith, una trabajadora de AHF, comenta que en las dos horas han permanecido en ese enclave, su sistema portátil de análisis ya encontró cuatro casos confirmados de VIH. Todos son peruanos, pero en alguna ocasión han detectado a algún venezolano que era portador. Inmediatamente le pusieron un vinculadorpara que vaya a un hospital y consiga los medicamentos que en su tierra escasean sin remedio.
Entretanto, por la frontera de Cúcuta, o por otras, los venezolanos siguen pasando y algunos, como precisa Sebastián, “no saben que tienen el virus, se enteran en el camino, o lo adquieren al utilizar el trabajo sexual como estrategia de supervivencia”. Antes, incluso durante el Gobierno de Hugo Chávez, el Estado ofertaba un buen tratamiento para el VIH. Pero desde hace unos tres años, la escasez del mismo es uno de los signos más demoledores de esta crisis humanitaria que tiene a la región y al mundo en vilo.