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martes, 16 de junio de 2020

¿Por qué las personas con el VIH son menos propensas a sufrir una evolución grave de la COVID-19?

Entre las hipótesis para explicar este fenómeno se incluyen el efecto del tratamiento antirretroviral o la propia alteración inmunitaria debido al VIH; no obstante, es importante caracterizar la población con el VIH con un mayor riesgo de tener una evolución grave de la COVID-19.

Los datos procedentes de diversas cohortes parecen reflejar que las personas con el VIH tienen menos probabilidades de que la COVID-19 progrese con gravedad, según se ha publicado en AIDS Patient Care and STDs. Por otro lado, los datos procedentes de un importante hospital de Londres (Reino Unido) revelan que, entre las personas con el VIH, las de raza negra presentaron un mayor riesgo de hospitalización por la COVID-19, mientras que un estudio realizado en Madrid (España) descubrió que el diagnóstico de la COVID-19 fue más habitual en personas con el VIH con otros problemas de salud subyacentes que en el resto de pacientes con el VIH. Estos datos fueron publicados en Clinical Infectious Diseases y The Lancet HIV.

A principios de mayo, la cifra oficial de personas infectadas por el SARS-CoV-2 (el coronavirus responsable de la COVID-19) era de 3,45 millones en todo el mundo. Sin embargo, se sabe que esa cifra en realidad es muy superior y un porcentaje de estos casos tienen una evolución grave, especialmente cuando la persona presenta determinadas características: obesidad, diabetes mellitus, hipertensión, edad avanzada y ser de sexo masculino (para cualquier edad).

Por las características de transmisión del SARS-CoV-2, este afecta de forma desproporcionada a personas de clases socioeconómicas más bajas, debido a que dichas personas podrían tener menos opciones para mantener el distanciamiento físico como consecuencia de una peor situación de vivienda o por sus necesidades económicas. Además, entre esta población es más habitual la obesidad, la diabetes y la hipertensión debido principalmente a las limitaciones de alimentación.

Sin embargo, ha sido una sorpresa comprobar que el porcentaje de personas con el VIH con casos graves de la COVID-19 es inferior al que correspondería estadísticamente. Los datos procedentes de Wuhan (China) reflejaron que solo el 1.4% de los casos graves correspondían a personas con el VIH. En Reino Unido se observó un porcentaje similar (1%) entre los 16.749 pacientes con COVID-19 hospitalizados, pero el VIH no tuvo un impacto negativo en la supervivencia. Otro estudio de Nueva York (EE UU), que contó con datos de 5.700 personas hospitalizadas con COVID-19 reveló que únicamente el 0,8% de los casos graves correspondía a personas con el VIH.

Se han planteado distintas hipótesis para explicar este aparente menor riesgo de desarrollar casos graves o críticos de COVID-19 en personas con el VIH. La primera de ellas apuntaría a una posible protección que ofrecería la terapia antirretroviral. En este sentido se sabe que lopinavir/ritonavir (Equivalente Farmacéutico Genérico [EFG]; Kaletra®) consigue controlar in vitro la replicación del SARS-CoV-2. Sin embargo, hay que apuntar que su uso en pacientes no ofreció beneficios, al menos en casos de enfermedad grave (Véase La Noticia del Día 23/03/2020). Por otro lado, se han observado resultados positivos (aunque modestos) en la evolución de las personas con la COVID-19 tratadas con remdesivir (véase La Noticia del Día 04/05/2020) y se sabe que tenofovir (uno de los antirretrovirales más habituales usados tanto para el tratamiento del VIH como parte de la profilaxis preexposición al VIH) está estructuralmente relacionado con el remdesivir y parece que podría bloquear la ARN polimerasa ARN-dependiente del SARS-CoV-2.

Otra de las hipótesis proviene de la observación de que las personas con cáncer también parecen infrarrepresentadas entre los casos graves de la COVID-19, muchas de las cuales reciben tratamientos inmunosupresores. Se sabe que la acción de las distintas citoquinas proinflamatorias y los factores inmunitarios innatos parecen desempeñar un importante papel en la progresión de los casos graves de COVID-19 por lo que parece plausible que la inmunosupresión característica de la quimioterapia del cáncer, así como la persistente desregulación inmunitaria que acompaña a la infección por el VIH (incluso en personas en tratamiento antirretroviral con supresión viral) también puedan reducir la virulencia de la COVID-19.

Esta última hipótesis se ve respaldada por los datos procedentes de un modelo de la infección por SARS-CoV-1 en ratones. Una cepa de CoV-1 adaptada a este animal provoca disfunción respiratoria y la muerte en ratones, pero se observa una atenuación de la enfermedad tras bloquear genéticamente su sistema de complemento (una parte del sistema inmunitario). En conclusión, aunque el sistema de complemento y tal vez otras citoquinas proinflamatorias no parecen desempeñar un papel importante en el control de la replicación del CoV-1, sí que pueden desempeñar un papel crítico en su patogenicidad. Es probable que esto también se cumpla en el caso del SARS-CoV-2. Este virus puede ser mucho menos capaz de inducir estas respuestas inmunitarias en el marco de la desregulación inmunitaria característica del VIH o el cáncer. Estas observaciones pueden proporcionar importantes pistas en el diseño de nuevas intervenciones frente a la COVID-19.

Por otro lado, las últimas directrices de las sociedades científicas europeas del VIH destacan que casi la mitad de las personas que viven con el VIH en Europa tienen más de 50 años y determinados problemas médicos crónicos (comorbilidades), como enfermedades cardiovasculares y pulmonares crónicas, son más frecuentes en las personas con el VIH, todos ellos factores de riesgo de una peor progresión de la COVID-19. Por este motivo, es importante la caracterización de las personas con el VIH que enferman de la COVID-19. En este sentido, los datos procedentes de un importante hospital londinense y de otro de Madrid (España) resultan interesantes por ser los primeros estudios que analizan los factores de riesgo de la COVID-19 en cohortes de personas con el VIH.

El Hospital del King's College estás situado en el sur de Londres y presta servicios en uno de los distritos con una mayor diversidad étnica de Europa y se realizó una observación de los factores de riesgo de sufrir resultados graves, comparando a los pacientes hospitalizados con toda la cohorte de VIH del hospital (2.699 personas). La cohorte de VIH de King's College está compuesta por un 61% de hombres, y el 58% es de raza negra, con una edad media de 49 años.

Hasta la fecha, dieciocho de las personas con el VIH de la cohorte han sido admitidas en el hospital debido a la COVID-19. De ellas, todas, menos una, eran de raza negra y dos tercios de sexo masculino. Siete de estas 18 personas experimentaron resultados de salud graves (muerte, ventilación mecánica o ingreso en la unidad de tratamiento intensivo) y cinco de ellas murieron.

Entre las personas con el VIH, el ser de raza negra y tener un recuento de CD4 más bajo antes de la hospitalización por la COVID-19 fueron los únicos factores que se relacionaron de forma significativa con un mayor riesgo de hospitalización. No obstante, hay que aclarar que el estudio no comparó la prevalencia de afecciones subyacentes como la hipertensión o la diabetes entre las personas con COVID-19 y el conjunto de la cohorte con el VIH.

Las personas de raza negra tuvieron 12 veces más probabilidades de ser hospitalizadas que personas de otras razas, pero el reducido número de pacientes de este estudio hacen que los intervalos de confianza de esta estimación sean muy amplios. Esto encajaría con los resultados de diversos estudios realizados en Reino Unido que han encontrado tasas de mortalidad por la COVID-19 más elevadas en poblaciones de raza distinta a la blanca. Entre las explicaciones propuestas para este hecho se han señalado factores como la privación socioeconómica, un mayor riesgo de exposición ocupacional y una mayor prevalencia de las afecciones subyacentes. No obstante, es necesario realizar un análisis más detallado de las cohortes más grandes para aclarar si las personas negras con el VIH corren un mayor riesgo de contraer COVID-19 que otras personas negras y otras personas con el VIH.

Por su parte, los médicos del Hospital Universitario Ramón y Cajal, Madrid, informaron sobre los ingresos hospitalarios por la COVID-19 en personas con el VIH. El hospital presta atención regular a 2.873 pacientes con el VIH.

Cincuenta y una personas con el VIH fueron diagnosticadas de la COVID-19, la mayoría eran hombres, con una edad media de 53 años y que estaban tomando un tratamiento antirretroviral eficaz. Veintiocho de los 51 casos fueron admitidos en el hospital y 13 fueron definidos como casos graves. Seis personas requirieron ser ingresadas en la unidad de cuidados intensivos, y dos de ellas murieron.

La única característica que los autores encontraron diferente entre los casos graves y los leves/moderados fue el historial de tabaquismo. Así, los casos graves tuvieron una probabilidad significativamente mayor de estar fumando tabaco en ese momento o de haberlo hecho con anterioridad (92% frente a 58%, p= 0,038).

Por otro lado, los únicos factores relacionados con un mayor riesgo de diagnóstico de la COVID-19 fueron el índice de masa corporal y las comorbilidades.

Las personas con el VIH diagnosticadas de la COVID-19 fueron más propensas a tener sobrepeso (53% frente a 24%, p= 0,024) en comparación con el resto de la cohorte de pacientes con el VIH del hospital. En cuanto a las comorbilidades en las personas con VIH diagnosticadas con COVID-19 no difirieron de las ya conocidas para la población en general, excepto por la enfermedad hepática crónica. El 63% de las personas con el VIH diagnosticadas presentaba, al menos una comorbilidad, frente al 38% de las personas con el VIH sin COVID-19. La hipertensión (35% frente a 8%), la diabetes (14% frente a 3%) y la enfermedad renal crónica (12% frente a 1%) fueron más habituales en las personas con el VIH diagnosticadas de COVID-19 que el resto de pacientes con el VIH. Por último, la enfermedad hepática crónica también fue algo más común en las personas con la COVID-19 (47% frente a 33%,).

De forma sorprendente, el estudio halló que las personas con el VIH diagnosticadas de COVID-19 fueron significativamente más propensas a tomar (o haber tomando en el pasado) tenofovir que el resto de pacientes con el VIH (73% frente a 38%). No obstante, los autores del estudio consideran que el número de personas incluidas en el análisis era demasiado pequeño para sacar conclusiones al respecto.

Como nota positiva final, hay que señalar que la Asociación Británica del VIH [BHIVA, en sus siglas en inglés] también señala que el VIH no afectó negativamente a la supervivencia en una cohorte del Reino Unido de 16.749 pacientes hospitalizados con COVID-19 en la que aproximadamente el 1% tenía el VIH.

Fuente:Aidsmap/ (gTt-VIH)

Referencias: Laurence J .AIDS Patient Care and STDs. Jun 2020.247-248.http://doi.org/10.1089/apc.2020.29005.com

Childs K et al. Hospitalized patients with COVID-19 and HIV: a case series. Clinical Infectious Diseases, online ahead of print, 27 May 2020.

Vizcarra P et al. Description of COVID-19 in HIV-infected individuals: a single-centre, prospective cohort. Lancet HIV, online ahead of print, 28 May 2020.

viernes, 22 de mayo de 2020

CESIDA advierte que las mascarillas no previenen el VIH.

CESIDA denuncia las declaraciones de la periodista Marta Pastor y Ana Rosa Quintana al comparar la COVID-19 con el VIH. 

Durante los últimos días están apareciendo en redes sociales y medios de comunicación nacionales declaraciones públicas que cuestionan las medidas sanitarias llevadas a cabo para atajar la pandemia de SRAS-CoV-2 (el virus que provoca la COVID-19) utilizando como argumento que dichas medidas no se tomaron en el momento en el que se produjo la epidemia de SIDA y, por tanto, serían innecesarias.
El pasado día 13 Marta Pastor, periodista en la televisión pública nacional, lanzó el siguiente mensaje en su cuenta de Twitter: “El virus del sida, altamente contagioso, estuvo sin retroviral y sin vacuna muchísimo tiempo entre nosotros. Jamás se hurtó ni un solo derecho de los ciudadanos, ni se decretó el estado de alarma, ni se confinó a la gente en las casas sine die, ni se cerraron locales”. Posteriormente, el pasado 18 de mayo, la periodista  Ana Rosa Quintana en su programa televisivo realizó un comentario en la misma línea: “¿Cuántos años lleva el sida? ¿10 años? Todavía no hay vacuna” para atacar las medidas de confinamiento derivadas del estado de alarma.
Desde CESIDA queremos destacar el alto grado de ignorancia de estas periodistas sobre la infección por VIH y su uso torticero de la misma con el objetivo de censurar las medidas adoptadas por el gobierno de España frente actual crisis sanitaria. Entendemos y respetamos que se realicen críticas en el ejercicio de la libertad de expresión, pero esta no debe ser a costa de sembrar más desinformación de la que ya existe sobre la infección por VIH y el Sida.
Poco después de la aparición de los primeros casos de SIDA en 1981 ya se conocían las vías de transmisión que son a través de relaciones sexuales desprotegidas, por vía sanguínea, y de madre a hijo durante la lactancia y/o partos. Además, en la actualidad, gracias a los tratamientos existentes las personas con VIH que tiene acceso a los mismos no transmiten el virus ni siquiera en esos supuestos. En ningún caso el VIH se transmite a través de la saliva, ni por vía aérea. Por lo tanto, no es necesario mantener ninguna distancia social entre personas ni evitar tocarlas o tocar superficies que hayan tocado o sobre las que hayan respirado.
Creemos que utilizar una epidemia que en la actualidad afecta a cerca de cuarenta millones de personas y que se ha cobrado la vida de más de 30 millones en el mundo está fuera de lugar.  Por lo que censuramos enérgicamente la utilización confusa y distorsionada de información sobre una infección (la que provoca el VIH) que nada tiene que ver con la que ha provocado la actual emergencia sanitaria.
Desde las ONG y las autoridades sanitarias de este ámbito llevamos años trabajando para trasladar a la sociedad información veraz sobre VIH y desmontar los mitos que se crearon a los inicios de la epidemia. Este tipo de comparaciones desafortunadas nos refuerzan en la necesidad de nuestra tarea.
Fuente: CESIDA

jueves, 21 de mayo de 2020

Morir por sarampión en los tiempos del coronavirus.

El autor vive una epidemia en Etiopía que se ceba con los niños más vulnerables ante un silencio internacional que le da más miedo que la propia enfermedad.



 Una más. No hay duda. La veo entrar por la puerta sostenida por su madre, con los ojos cerrados cubiertos por una secreción amarillenta y una tos que huye de su boca. Me acerco, con su permiso levanto con delicadeza la camiseta buscando un exantema por su tronco, acerco mi mano a su piel para poder palparlo y poder sentir cómo arde su cuerpo.
Fiebre, conjuntivitis, tos y exantema. No necesitamos nada más para confirmar que se trata de un caso más de sarampión. Ella es Frehiwot. Es la duodécima niña que aparece con los mismos síntomas desde que hemos empezado el día y no son más que las once de la mañana. Ayer más de veinte niños con estos síntomas. Cifras que se mantienen así desde las últimas semanas.
El hospital rural de Gambo en el que nos encontramos, situado al sur del país, en la región de la Oromía; se encuentra colapsado y desbordado. Ha aumentado más del doble la atención en urgencias, y los niños ingresados más del triple, lo que nos obliga a ingresar a dos niños por cama y en algunos casos hasta triplicarlas e improvisar camillas en los pasillos, por llamarlo de alguna manera. Nuestra capacidad de ingreso es de 45 niños y estamos teniendo más de 120 niños ingresados.

No obstante, en medio de la oscuridad hay una luz que brilla, y es la del compromiso del personal sanitario con el que aprendo cada día y al que admiro, transmitiendo calma y serenidad y sensación de control. Quiero aprovechar estas líneas para dedicarles mi aplauso y sincero reconocimiento a la gran labor que están realizando. Son los héroes invisibles e infra valorados de esta epidemia silenciada.
Hemos reorganizado el hospital para adaptarnos a este aumento de casos de sarampión. En un pabellón las niñas y niños con complicaciones respiratorias, la gran mayoría neumonía junto al suministro de cilindros de oxígeno que necesitan. En aquellos que presentan complicaciones como deshidratación y requieren sueros endovenosos. Y en otro los casos más graves que requieren cuidados intensivos de personal médico y enfermería. Como el de Meseret.
Meseret se encuentra postrada en la cama, conectada a través de un tubo a un cilindro de oxígeno que le suministra el gas de la vida a través de unas cánulas por los orificios nasales. La pequeña inspira profundamente movilizando todos los músculos de su cuerpo como si cada respiración fuese la última. Cada inspiración profunda es una batalla ganada, un aliento de aire que se convierte en energía para la siguiente inspiración. La batalla no para. La muerte acecha robando el aire, cerrando las vías respiratorias.
El aire preciado, el aire que da vida, el oro en forma gaseosa, el oxígeno; es un recurso escaso en los hospitales rurales como Gambo. Me gustaría poder ofrecer a Meseret todo el soporte respiratorio que necesita. Pero todo cuanto tenemos son escasos cilindros de oxígeno y no disponemos de ningún respirador.La joven Meseret ingresó hace cuatro días con un sarampión grave complicado con afectación respiratoria. Lucha contra la muerte en cada respiración encontrándose cada vez más extenuada en un partido sin descanso ni tiempo muerto. En cada respiración se le dibujan las costillas clavándose en el pecho, signo del esfuerzo al límite de los músculos para abrir todo lo posible la caja torácica y poder expandir al máximo los pulmones exprimiendo al máximo cada bocanada de aire. Exprime sus pulmones tatuando el reborde de cada costilla en su negra piel. Uno, dos, uno, dos, uno, dos… Los músculos intercostales, subcostales se están extenuando. Con todas sus fuerzas extiende el cuello hacia el infinito, intentando inhalar la mayor cantidad de oxígeno posible, exprimiendo el horizonte. Pero de poco sirve.
Ahora mismo hay diecisiete niños que requieren oxigenoterapia pero no disponemos de diecisiete cilindros, situación que nos obliga a optimizar los recursos. Ante esta situación, no nos queda más remedio que calcular todos los que necesitan oxígeno y priorizar entre los que están más graves y tienen posibilidad de supervivencia. Una de ellas es Biftu, que sigue luchando por conseguir aire exprimiendo sus músculos y pulmones en cada respiración.
Es una situación muy dramática, es una emergencia humanitaria de la que nadie habla.
Debemos priorizar a los niños y adultos que más lo necesitan. En cuanto mejoran los retiramos para beneficio de los que han empeorado. Estamos sufriendo una epidemia silenciosa, que no aparece en los medios de comunicación.
Y quiero invitaros a parar. A levantar la mirada de nuestras cuatro paredes y alzar la mirada más allá de nuestro ombligo. Porque mientras tanto, la vida sigue, empieza y acaba en otros lugares, como en Etiopía, donde niñas como Meseret o Biftu luchan por respirar, por culpa de un virus llamado sarampión que se podría haber evitado con una vacuna, y tratado de manera óptima si se disponen de suficientes recursos sanitarios y oxígeno.
No estamos ante una enfermedad desconocida que no sabemos evitar, ni con una elevada mortalidad entre personas mayores. Nos encontramos ante una enfermedad bien conocida, que afecta principalmente a niñas y niños, y para la que existe una prevención en forma de vacuna muy eficaz. Estamos ante la epidemia silenciada de sarampión.
Desnutrición, neumonía, deshidratación, de sarampiónde tuberculosis, malaria, VIH… siguen siendo los asesinos de las niñas y niños menores de 5 años en las zonas rurales de Etiopía y de muchos otros países del continente olvidado y silenciado.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud la neumonía infantil es hoy en día el mayor asesino infeccioso de niños, cobrándose 800.000 vidas al año, lo que equivale a una vida cada 39 segundos. Etiopía se encuentra dentro de la lista de los cinco países del mundo con una mortalidad por neumonía más elevada en menores de 5 años. Tampoco olvidemos la escalofriante cifra de Unicef que nos dice que cada 5 segundos muere un niño por desnutrición en el mundo.
A todo ello, la pandemia empieza a acechar Etiopía donde los casos confirmados empiezan a aumentar y se están desarrollando medidas de contención para evitar una tragedia en un país donde más de dos tercios de la población no tiene acceso a agua potable. Pero esto es otra historia que será contada en otra ocasión…
Iñaki Alegría es pediatra, coordina programa de salud materno-infantil en el Hospital de Gambo, Etiopía. Fuente: Planeta Futuro.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Una crisis que puede matar hasta 6.000 niños más al día.


La reducción de la cobertura sanitaria por la covid-19 provocaría la muerte de otros 1,2 millones menores de cinco años más en tan solo seis meses en 118 países de ingresos bajos y medios, según un nuevo estudio de la Universidad Johns Hopkins.


Una crisis sanitaria como la que vive el mundo es el tsunami perfecto para sumar más muertes a las que ya ha provocado el nuevo coronavirus SARS-CoV-2. De cumplirse los peores pronósticos y en tan solo seis meses, asistiríamos cada día a la muerte de hasta 6.000 niños más por enfermedades que se pueden prevenir. En medio año, alrededor de 1,2 millones muertes más de niños por la reducción de la cobertura de los servicios médicos rutinarios en, al menos, 118 países con sistemas sanitarios frágiles y de ingresos bajos y medios. Estas potenciales muertes infantiles se sumarían a los 2,5 millones de niños que ya mueren cada seis meses en el mundo. Unas cifras escalofriantes que podrían echar por tierra casi una década de avances para poner fin a la mortalidad infantil. 
Es una de las conclusiones a las que ha llegado un nuevo estudio realizado por un grupo de investigadores de la escuela de salud pública de la Universidad Johns Hopkins, publicado este miércoles en The Lancet Global Health. Para realizar este informe los científicos han tomado como referencia la situación actual por la covid-19 y han hecho una proyección, con distintas variables, de uno, tres y hasta seis meses de 118 países de ingresos bajos y medios.
Hay dos razones principales por las que se podría dar este aumento de muertes entre menores de cinco años en el mundo, según este estudio. "La primera es que los niños que normalmente recibirían atención médica por enfermedades como neumonía, diarrea, SIDA y malaria, no podrán recibirla si los sistemas de salud se ven afectados; y si los ya enfermos no reciben el tratamiento adecuado, tienen más probabilidades de morir", contextualiza Timothy Roberton, del Departamento de Salud Global de la Universidad Johns Hopkins, y el investigador que ha liderado este estudio.
A esta inseguridad alimentaria, los otros factores clave que perpetúan el aumento de la mortalidad infantil en plena pandemia son la pobreza y los sistemas sanitarios débiles. El África subsahariana es la zona peor posicionada, y de estos 118 países de ingresos medios y bajos están Djibouti, Eswatini, Lesoto, Liberia, Malí, Malawi, Sierra Leona, Somalia, Etiopía, República Democrática del Congo, Tanzania y Uganda. Los otros países con más probabilidades de registrar las mayores tasas de exceso de mortalidad infantil por su volumen de población son Brasil, Nigeria, Indonesia, India y Pakistán. La segunda razón que especifica Roberton es la inseguridad alimentaria que viven muchos hogares que tienen menos ingresos y un acceso reducido a los alimentos. "Si no obtienen una ingesta adecuada de macronutrientes y se debilitan, tienen más probabilidades de morir por enfermedades infecciosas", asegura. Un informe recientemente publicado por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU advertía que al menos 135 millones de personas experimentaron inseguridad alimentaria extrema en 55 países en 2019 y estimaba que la covid-19 podría casi duplicar la cifra, hasta 265 millones en 2020. 

Aumento de las muertes maternas

La covid-19 ha provocado que las visitas a los centros médicos estén disminuyendo debido a los confinamientos, los toques de queda y las interrupciones en los transportes, y también por el temor que siguen teniendo las comunidades a infectarse, como ya ocurrió en la epidemia del ébola de 2014, uno de los brotes más mortíferos que se recuerdan. Como consecuencia a la paralización de los programas de planificación familiar y seguimiento del parto, el estudio estima que podrían producirse 56.700 muertes maternas adicionales en tan solo seis meses, sumadas a las 144.000 que ya tienen lugar en los mismos países en un periodo similar.
"No podemos permitir que las madres y los niños sufran los daños colaterales de la lucha contra el virus. Y no podemos permitirnos perder décadas de avances en la reducción de muertes prevenibles de madres y niños", pide la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore, que en un comentario sobre el informe de The Lancet, advierte de que estas interrupciones podrían desencadenar aumentos potencialmente devastadores de las muertes maternas e infantiles. "Podemos prevenirlas si actuamos ahora".

Recuperar las rutinas médicas, clave para salvar vidas

Los resultados de este estudio, aseguran los investigadores, muestran cómo los efectos colaterales de la pandemia no son meramente económicos. A otra de las conclusiones que llega el informe es que mantener la cobertura de las intervenciones quirúrgicas más básicas que se realizan en un parto mientras dure la pandemia en estos 118 países ahorraría el 60% de las muertes maternas, mientras que la administración de antibióticos para la sepsis neonatal y la neumonía, además de distribuir la solución de rehidratación oral para la diarrea a los menores de cinco años, reduciría en un 41% de las muertes infantiles adicionales.
El mismo informe anima a los países y a sus Gobiernos a restablecer las rutinas médicas cuanto antes, advirtiendo de que cuánto más se tarde, más difícil será volver al punto de partida. "No debemos retrasar la restauración de los servicios de salud si queremos minimizar el impacto duradero de las interrupciones temporales. Cuánto más se tarde, más vidas se pierden en el camino". Advertencias y consejos para aplanar esa ola de tsunami que se ha convertido esta pandemia. 

martes, 12 de mayo de 2020

Por qué preocupa tanto la pandemia de COVID-19 en África.

La pandemia de SARS-CoV-2 avanza implacable y pone en jaque a los sistemas de salud de muchos países en el hemisferio norte. Como ocurrió con el coronavirus del SARS (2002-2003) y la gripe H1N1 (2009), la COVID-19 llega a África más tarde. Este continente acumula ya casi 67.000 casos notificados. La Oficina Regional de la OMS para África advierte de que este podría ser el mayor reto de salud pública al que se ha enfrentado la región en los últimos tiempos.
África subsahariana es la región que presenta el mayor riesgo de mortalidad por gripe estacional, seguida muy de cerca por el Mediterráneo oriental y Asia sudoriental. Si tenemos en cuenta que la infección por SARS-CoV-2 está mostrando tasas de contagio y de letalidad mayores que la gripe y que hay una posible asociación entre mortalidad por COVID-19 y la dificultad de acceso a los recursos sanitarios, podemos plantearnos que el continente africano no estaría en la mejor situación para recibir la pandemia.
Frente a la incertidumbre del impacto que tendrá el coronavirus en este continente, sabemos que se suma a otras emergencias. En África, los brotes de sarampión y crisis humanitarias conviven con las tres grandes endemias (malaria, sida y tuberculosis), enfermedades tropicales desatendidas y una plaga de langostas que pone en jaque la seguridad alimentaria en el cuerno de África. Durante la semana pasada se comunicaron 91 brotes de enfermedades distintas en esta parte del planeta, incluida la COVID-19.
Con uno de los sistemas de salud más frágiles del mundo, África soporta una cuarta parte de la carga global de enfermedad y cuenta tan solo con el 3 % de los trabajadores en salud. En cuanto a inversiones tangibles, la mayor parte del presupuesto de salud en los países africanos es destinado a productos médicos, el gasto en personal es del 14 % y en infraestructura, del 7 %. Estas cifras están lejos de las de regiones con sistemas de salud con mejor desempeño, donde la inversión es mayor tanto en la fuerza laboral (40 %) como en infraestructura (33 %).
Aunque existe variabilidad entre los países africanos, en términos globales apenas la mitad de la población tiene acceso a servicios de salud y bienestar satisfactorios. Sus sistemas de salud funcionan al 49 % de sus posibilidades, lejos de alcanzar su máximo potencial, y con un nivel de resiliencia bajo. Estos son pocos recursos, humanos y materiales, para hacer frente a un aumento explosivo de pacientes con necesidad de cuidado intensivo.
Ante este escenario, la mayoría de los países africanos se está esforzando en la detección temprana, el cierre o limitación del tráfico aéreo y en las fronteras, así como en medidas de aislamiento, cuarentena y distanciamiento social. Es un esfuerzo titánico tanto para el área rural, donde vive un 60 % de la población y es frecuente la economía de subsistencia, como para las ciudades, donde abunda el urbanismo mal planificado en la periferia, con infraestructuras deficientes y acceso inadecuado al suministro de agua, saneamiento y manejo de residuos.
Hemos oído hasta la saciedad que lavarse las manos es una de las medidas principales para frenar la transmisión de COVID-19. Afortunadamente, en el norte de África el 90 % de la población tiene acceso a agua limpia, pero esto va a ser un problema en África subsahariana, donde el 40 % de la población (aproximadamente 300 millones de personas) no lo tiene. Allí conocen bien la importancia de la higiene y el saneamiento: después de las enfermedades respiratorias y el sida, las enfermedades diarreicas son la tercera causa de morbimortalidad en África.

Consecuencias de la COVID-19 en un continente castigado

La pirámide demográfica en países africanos es muy diferente a la nuestra, con una población mucho menos envejecida. Esto nos llevaría a pensar en una mortalidad inferior por COVID-19, pero la proporción de individuos que tienen el sistema inmune comprometido es muy superior.
El Director General de la OMS, Tedros Adhanom, resaltaba cómo esta pandemia muestra lo vulnerables que son las personas afectadas de enfermedad pulmonar o con un sistema inmune debilitado.
Esto no hace presagiar nada bueno para una región donde las infecciones del tracto respiratorio inferior y el sida son las principales causas de morbilidad y mortalidad. África es la región con mayor carga de sida, casi dos terceras partes de las nuevas infecciones por VIH ocurren en este continente. También encabeza el ranking para otras epidemias como malaria, tuberculosis y neumonía infantil, y sufre la mayor parte de la carga global de enfermedades tropicales desatendidas. Sin olvidar que el continente africano se lleva también la peor parte en cuanto a desnutrición e inseguridad alimentaria.
Además del impacto directo en las personas, hay también una gran preocupación sobre el efecto de la COVID-19 en los programas de salud y en el acceso a los cuidados médicos. Un ejemplo es la anterior epidemia de ébola y las consecuencias negativas que tuvo en las campañas de vacunación infantil (sarampión y pentavalente) en Sierra Leona.
El impacto de COVID-19 sobre la tuberculosis es especialmente preocupante, ya que en el continente se da una elevada prevalencia de VIH y en esta condición la coinfección con tuberculosis es la principal causa de mortalidad. Es por ello que, recientemente, la OMS ha alentado a los países a mantener la continuidad de los programas de tuberculosis y proporcionado guías para minimizar los efectos negativos de la pandemia de COVID-19.
La OMS envía directrices similares en el caso de la malaria, otra de “las tres grandes”, y que concentra en África el 90 % de los casos y las muertes (sobre todo en niños menores de cinco años). Si no se mantienen los esfuerzos para el control de esta enfermedad (fumigación con insecticidas, distribución de mosquiteras, diagnóstico y tratamiento temprano), se observará un repunte de la malaria después de los esfuerzos colosales realizados en los últimos años. Un mal momento, cuando el programa de implementación de la vacuna contra la malaria ya tiene lugar en tres países africanos.

Lecciones y buenas noticias

El continente africano es ya un veterano en la lucha contra epidemias de gran impacto y en la respuesta rápida en situaciones de crisis. El brote de ébola en África occidental puso de relieve la forma en que una epidemia puede proliferar rápidamente y plantear enormes problemas en ausencia de un sistema de salud sólido. Pero el enorme esfuerzo que supuso esa crisis, de integración y cooperación de organismos internacionales, entidades gubernamentales y, sobre todo la sociedad civil, es ahora un aprendizaje y una respuesta adquirida; su vacuna más eficaz.
Junto con esto, la llegada tardía de COVID-19 a África ha dado una oportunidad de preparación que no se ha perdido. Así se ha creado el Africa Joint Continental Strategy for COVID-19 OUTBREAK, una acción multilateral que coordina esfuerzos de agencias de la Unión Africana y los países miembros, la OMS y otros socios, y que pone el foco en 6 pilares: Capacidad de laboratorio, vigilancia, prevención y control en centros médicos, manejo de casos, comunicación y logística.
Desde febrero de este año, África se ha preparado y ha mejorado su capacidad para el diagnóstico de COVID-19. El Africa CDC y el Instituto Pasteur de Dakar han trabajado en coordinación para implementar las técnicas de detección del ARN de SARS-CoV-2 en más de cuarenta países del continente. Al mismo tiempo, la Oficina Regional de OMS en África, junto con Africa CDC han iniciado una campaña de orientación técnica, comunicación y concienciación.
Existe un Plan de Respuesta Humanitaria Global COVID-19 de Naciones Unidas que cuenta con dos mil millones de dólares y considera África como una región prioritaria, mientras que en las contribuciones que distintos países, organizaciones multilaterales, fundaciones y corporaciones hacen a la lucha global contra COVID-19, no se olvida el apoyo a países de media y baja renta.
Una de las cosas que nos enseña esta pandemia es que vivimos en mundo globalizado, con un flujo de personas, mercancías, y patógenos a escala mundial. Los agentes infecciosos, entre ellos este virus, no conocen fronteras. COVID-19 comenzó en China y llega ahora a África. El continente ha superado graves epidemias, cuenta con las coaliciones y planes de respuesta que hereda de pasadas emergencias sanitarias y con apoyo internacional.
Lo más importante es que cuenta con una población que conoce el poder que tiene la comunidad en la lucha contra epidemias. Una característica del pueblo africano es su resiliencia y su vivir en el presente. En su novela Ébano, Kapuscinski lo definía así: “En África, se vive al día, al momento, cada día es un obstáculo difícil de superar, la imaginación no sobrepasa las veinticuatro horas, no se hacen planes ni se acarician sueños”. Mucho nos queda aprender de ella. A la espera de ver cómo evoluciona la pandemia, nuestras esperanzas están con África.

Alerta sobre otra pandemia: la covid-19 puede causar 500.000 muertes más por VIH en África.

Unas 17 millones de personas reciben tratamiento antirretroviral en el continente. La OMS alerta hoy del aumento de víctimas mortales por el virus del sida si se interrumpe su administración durante seis meses por la crisis.


Los esfuerzos en la lucha contra el sida en África pueden retroceder más de una década si durante la pandemia del nuevo coronavirus no se garantiza la continuidad de los servicios de prevención y tratamiento del VIH. En concreto, una interrupción de seis meses en el suministro de terapia antirretroviral puede suponer un aumento de 500.000 muertes en la región subsahariana entre 2020 y 2021 por enfermedades vinculadas con el sida, como la tuberculosis entre otras, según un comunicado publicado este lunes por la Organización Mundial de la Salud y la agencia de las Naciones Unidas para la lucha contra el sida (Onusida). "La terrible posibilidad de que medio millón más de personas en África mueran de enfermedades relacionadas con el sida es como retroceder en la Historia", ha explicado el director general de la OMS, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, que ha pedido a las comunidades y los socios de la organización que tomen medidas ahora.
De darse esta situación, sería un trágico récord desde 2008, cuando 950.000 personas murieron por sida en la región. En 2018, año del que se dispone de los últimos datos estadísticos, 25,7 millones de personas eran portadoras de VIH en África subsahariana, de las cuales 16,4 millones recibían tratamiento antirretroviral. Esas personas corren el riesgo de que su tratamiento se vea interrumpido debido al cierre de los servicios sanitarios que lo suministran o porque estos se centren en apoyar la respuesta a la covid-19 en detrimento de otras terapias, como la necesaria para los portadores de VIH.
"Debemos leer esto como una llamada de atención a los países para identificar formas de mantener todos los servicios de salud vitales. Para el VIH, algunos países ya están tomando medidas importantes; por ejemplo, asegurando que las personas puedan recolectar paquetes de tratamiento a granel y otros productos esenciales, incluidos los equipos de autoevaluación, desde los puntos de entrega. Esto aliviaría la presión sobre los servicios de salud y la fuerza laboral de salud. También debemos asegurarnos de que los suministros mundiales de pruebas y tratamientos continúen fluyendo a los países que los necesitan", ha añadido.
"La pandemia no debe ser una excusa para desviar la inversión en la erradicación del VIH. Existe el riesgo de que las ganancias obtenidas con tanto esfuerzo se sacrifiquen en la lucha contra la covid-19, pero el derecho a la salud significa que ninguna enfermedad se debe combatir a expensas de la otra", ha añadido Winnie Byanyima, directora ejecutiva de Onusida.
Cuando un paciente sigue bien el tratamiento, su carga viral de VIH cae a un nivel indetectable, lo que la mantiene saludable y evita la transmisión del virus. Pero si esa persona no puede tomar la terapia antirretroviral regularmente, la carga viral aumentará, lo que afectará a su salud y, en última instancia, le puede conducir a la muerte. Incluso las interrupciones del tratamiento a corto plazo pueden tener un impacto negativo significativo en la salud y en el potencial de transmisión de virus de una persona.
La investigación utilizó diversos modelos matemáticos para analizar los efectos de posibles interrupciones en los servicios de pruebas, prevención y tratamiento del VIH causados por la covid-19. Cada modelo analizó el impacto potencial de las interrupciones del tratamiento de tres meses o seis meses sobre la mortalidad por sida y la incidencia del VIH en África subsahariana.
En el escenario de interrupción de seis meses, se estimó que el exceso de muertes relacionadas con el sida en un año oscilarían entre 471.000 y 673.000, lejos de la meta planteada por las Naciones Unidas para 2030 en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de reducir la cifra a menos de 500.000 fallecidos.
Si se da una interrupción de tres meses, el impacto será reducido pero aún significativo. Las interrupciones esporádicas del suministro de la terapia antirretroviral conducirán a una adherencia también esporádica al tratamiento, lo que llevará a un aumento de la resistencia a los medicamentos y habrá consecuencias a largo plazo para el éxito futuro del tratamiento.

Miedo a un aumento de la transmisión materno infantil

La interrupción de los servicios también podrían revertir los avances logrados en la eliminación de la transmisión del VIH de madre a hijo. Desde 2010, las nuevas infecciones por VIH en niños en África subsahariana han disminuido en un 43%, de 250.000 en 2010 a 140.000 en 2018, debido a la alta cobertura de servicios de VIH para madres y sus hijos en la región. La reducción de estos por la covid-19 durante seis meses podría aumentar drásticamente las nuevas infecciones infantiles por VIH, hasta en un 37% en Mozambique, un 78% en Malawi y Zimbabue y un 104% en Uganda.
Otros efectos significativos de la pandemia en la respuesta al sida en África subsahariana que podrían conducir a una mortalidad adicional incluyen que se reduzca la calidad de la atención clínica  debido a que los centros de salud se saturen demasiado y la posible suspensión de pruebas para detectar la carga viral.
"Cada muerte es una tragedia. No podemos quedarnos sentados y permitir que cientos de miles de personas, muchas de ellas jóvenes, mueran de manera innecesaria. Insto a los Gobiernos a que garanticen que todos los hombres, mujeres y niños que viven con el VIH reciban suministros regulares de terapia antirretroviral; es algo que, literalmente, salva vidas", ha añadido Byanyima.
Cada escenario estudiado también consideró en qué medida una interrupción de los servicios de prevención, incluida la suspensión de la circuncisión médica masculina voluntaria, la interrupción de la disponibilidad de preservativos y la suspensión de las pruebas de VIH afectaría la incidencia del virus en la región.
El comunicado destaca la necesidad de realizar esfuerzos urgentes para garantizar la continuidad de los servicios de prevención y tratamiento del VIH a fin de evitar el exceso de muertes relacionadas con esta enfermedad y evitar el aumento de su incidencia durante la pandemia.

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